Equilibrio consciente

Soy Soraya García, nací en Barcelona y tengo raíces leonesas. Como buena Tauro, regida por Venus, la belleza siempre ha estado presente en mi vida. Pero aprendí a entenderla de una forma muy diferente a lo que muchos imaginan.

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Una visión integral del cuidado

Desde pequeña no era la típica niña delicada, de vestidos y lazos.
Era más de ir despeinada, en chándal, ensuciarme, explorar, jugar desde lo físico.
Y con el tiempo entendí algo que me acompaña hasta hoy:

La belleza no tiene una única forma ni responde a un estereotipo.
La belleza no es de mujeres ni de hombres.
La belleza es de personas.

Desde muy pequeña tenía la capacidad de ver la belleza en lo pequeño. Y también de percibir lo que no se veía.
Veía el dolor, la incomodidad, lo que no se decía. Y eso despertó en mí una sensibilidad y una empatía muy profundas. Cuando llegó el momento de decidir qué quería ser, me sentí bastante perdida.

Una parte de mí quería comunicar, compartir, dar voz. Otra quería comprender, profundizar. Pero sentí que no quería recorrer ese camino tradicional. Quería ir directa a acompañar a las personas desde otro lugar. Y ahí tomé una decisión que marcaría todo: estudiar estética facial y corporal. Mientras me formaba, trabajé en perfumería.

Tenía claro que quería dedicarme al mundo de la belleza. Rodearme de cremas, perfumes, cosméticos… Sentía que si una persona se veía bien, sería más feliz. Pero la realidad fue otra.

Con el tiempo empecé a tener clientela fija. Personas que volvían, que confiaban en mí, que querían que fuera yo quien las asesorara.

Y entendí algo muy importante:
No venían solo por una crema.

Venían porque se sentían escuchadas. Porque alguien veía más allá de su piel. Detrás de cada “problema” había historias. Rabia, inseguridad, conflictos con la identidad, con la autoestima.

Me encantaba acompañar, ver cómo se iban sintiéndose mejor.

Pero dentro de mí había una sensación constante:
sentía que la crema solo tocaba la superficie… pero lo importante estaba mucho más adentro.

Había algo más profundo que necesitaba ser visto y acompañado.

En mi formación como maquilladora, trabajé en campañas con marcas como Max Factor. Y ahí hubo un clic importante.

Entendí que maquillar es precioso… pero no para tapar.

Muchas veces utilizamos el maquillaje para poner color donde por dentro hay gris.

Para ocultar lo que sentimos, en lugar de escucharlo o realzarlo. Mi camino me llevó a trabajar en diferentes centros de belleza. Centros con protocolos estandarizados, repetitivos. Las mismas marcas, los mismos tratamientos, en cada esquina.

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Y eso me hacía sentir que trabajaba como un robot. Sin cuestionar. Sin escuchar realmente. Sin ir más allá. Mi última parada en ese camino fue un espacio enfocado al cuidado y la belleza masculina. Y esa experiencia fue determinante.

Ahí entendí que la belleza no es cosa de mujeres, sino de personas.

Que los hombres también quieren cuidarse, pero muchas veces no encuentran un lugar donde sentirse cómodos ni un lenguaje con el que identificarse. Aprendí a adaptar la forma de comunicar, a entender sus necesidades y a acompañar desde un lugar más inclusivo y real. Porque todos queremos sentirnos bien en nuestra piel.

Y entonces llegó el verdadero punto de inflexión. Empecé a cuestionarlo todo. A leer etiquetas. A fijarme en esos nombres largos que nadie entiende.

Y cuanto más investigaba, más claro lo veía:
muchos de esos productos que prometían belleza y bienestar estaban llenos de derivados del petróleo, disruptores endocrinos y sustancias tóxicas.
Lejos de cuidar, estaban afectando al equilibrio del cuerpo.

Ahí sentí una decepción profunda. No había coherencia entre lo que yo quería ofrecer y lo que realmente estaba utilizando. Y ahí lo solté todo. Me tomé un tiempo para parar, para reconectar conmigo, para encontrar una forma real y coherente de entender la belleza. A partir de ahí, empecé a buscar y a formarme en diferentes enfoques emocionales y energéticos.

Y comprendí algo que lo cambió todo: el cuerpo, las emociones y la energía están completamente conectados. El cuerpo habla lo que la boca calla. Y lo que vivimos por dentro, inevitablemente se refleja fuera. A veces buscamos una crema que repare nuestras arrugas, cuando las verdaderas grietas están en el corazón.

O queremos exfoliar la piel, cuando lo que realmente necesitamos es una limpieza profunda de pensamientos y creencias. Uno de los pilares más firmes que me ha acompañado desde el inicio ha sido la aromaterapia. Desde pequeña ya jugaba a crear perfumes con plantas, mezclando olores, explorando, sintiendo. Siempre me fascinó esa capacidad de un aroma para cambiar cómo te sientes.

Pero en ese proceso entendí algo clave: no es lo mismo un perfume sintético que un aroma real. Muchos de esos olores que nos resultan agradables están compuestos por sustancias que pueden alterar nuestro sistema hormonal y nuestro bienestar. A día de hoy, todo lo que utilizo responde a esa coherencia.

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Trabajo con cosmética ecológica certificada, libre de tóxicos, y con aceites esenciales de grado terapéutico. Elijo marcas que cuidan la piel, respetan el cuerpo y el planeta, y que, además, tienen alma. Porque para mí, eso también forma parte de la experiencia. Con todo este recorrido fui creando mi propia forma de trabajar.

Un enfoque donde la estética deja de ser solo algo externo y se convierte en un espacio de acompañamiento real. Para personas que quieren sentirse bien en su piel… pero también en su vida. Así nace la estética emocional. Una forma de entender la belleza desde el equilibrio.

Porque igual que una semilla necesita tierra, agua y luz para crecer, la belleza también necesita un entorno que la sostenga. No se trata solo de lo que aplicamos fuera, sino de cómo nos tratamos por dentro. Si sientes que necesitas parar, cuidarte o volver a ti, aquí tienes un espacio para hacerlo.

Formación y recorrido

A lo largo de los años he ido formándome en diferentes disciplinas que hoy dan forma a mi manera de acompañar. Desde la estética y el cuidado de la piel, hasta enfoques más profundos a nivel emocional y energético.

Entre ellas:

  • Estética facial y corporal Maquillaje profesional
  • Técnicas de masaje corporal
  • Drenaje linfático
  • Reflexología podal
  • Aromaterapia
  • Flores de Bach y otras terapias florales
  • Reiki
  • Tapping
  • Shiatsu
  • Dien Chan (facioterapia vietnamita)
  • Chan Beauté (estética terapéutica en reflexología facial)
  • Ho’oponopono
  • Terapia regresiva
  • Lectura de registros akáshicos
  • Trabajo energético y limpiezas Cristaloterapia

Más allá de cada técnica, lo importante para mí ha sido comprender cómo todo está conectado. Y desde ahí, crear una forma de trabajo propia, donde la piel, la emoción y la energía se acompañan de forma coherente.